Publicado en el DIARIO LA VERDAD.02-12-2009.
DIARIO DE LA EXPEDICIÓN, eventosDiciembre 4, 2009

Los componentes del reto Everest con los escolares ilicitanos.
Unos aprendices de altura
02.12.09 - 16:01 -
Los montañeros del Reto Everest desplegaron todo su arsenal para que los escolares vieran la resistencia del material
elche. Amor por la naturaleza y el deporte, espíritu aventurero y grandes dosis de compañerismo. Son las claves para llegar a ser un buen alpinista y así lo demostraron ayer tres experimentados montañeros ilicitanos del grupo Reto Everest, que durante un día convivieron con alumnos del colegio público Clara Campoamor.
Los pequeños traían la primera lección aprendida de casa. A la pregunta que les formularon sobre si se puede tirar basura en la montaña los pequeños contestaron con un no rotundo. Las clases se trasladaron por un día al sótano de este centro , donde los montañeros desplegaron todo su arsenal expedicionario; las tiendas de campaña, los bidones que utilizan para almacenar material y alimentos, el instrumental para cocinar, las cuerdas, arneses y el calzado que utilizan para los ascensos.
Los chavales, más de 260, de entre cuatro y siete años, pudieron probarse los cascos que los montañeros ilicitanos llevaron en su última expedición, tocar el mono de plumas de pato de Islandia, con más de dos kilos de peso y que permitió a los montañeros ilicitanos soportar los 25 grados bajo cero de su último ascenso al Chou Oyu -uno de los ocho miles del mundo-, comprobar la resistencia de los materiales de escalada y meter sus pies dentro de las botas térmicas especiales para la nieve.
Por grupos fueron entrando en las tiendas de campaña, donde los alpinistas les mostraron las colchonetas y los sacos donde durmieron durante más de dos meses, los hornillos, cacerolas y demás utensilios en los que calentaron sopas y cremas. Después de la aventura, muchos de los pequeños ya soñaban con la idea de ser destacados alpinistas de mayores.
Uno de los integrantes del grupo, Juan Agulló, explicó que la subida a esta montaña, la sexta más alta del mundo, en el Himalaya nepalí, «fue una experiencia gratificante y muy dura». Primero estuvieron haciendo trekking en la India para aclimatar sus cuerpos a la altitud. Y luego se trasladaron al Cho Oyu, donde montaron el primer campamento base, a 6.000 metros, más arriba el segundo, a unos 7.000 metros, y un tercero, a 7.500.
«El primer grupo llegó a la cima el día 26 de septiembre y el segundo el 1 de octubre, hubo que esperar un par de días porque hubo borrasca y nieve», relató Agulló, quien señaló que en esas circunstancias «se echa mucho de menos a la familia porque sabes que está lejos y sufriendo, pero gracias al teléfono satélite pudimos estar en contacto de forma permanente».
La expedición de los seis alpinistas de élite fue un éxito, aunque uno de ellos regresó con síntomas de congelación en varios dedos y aún se recupera de la amputación de una falange. Después de superar este trancey, tal y como comentaron a los chavales, su próximo reto, después de alcanzar su segundo 8.000, será subir a la cima del Everest en la primavera del 2010. Un objetivo para el que están buscando financiación.
Los chavales también asistieron a la proyección del documental que grabó el grupo de montañeros, en el que también se incluía su visita a una aldea y la vida allí de los niños, «sin las comodidades de las que disfrutáis vosotros», comentaron a los escolares. La iniciativa ha dado lugar a la puesta en marcha de un proyecto solidario, para el que ya están recabando fondos y con el que colaborará el colegio Clara Campoamor.
Rocódromo portátil
Este centro es el primero que ha acogido una jornada de convivencia de este tipo. El alpinista Juan Agulló afirmó que «se trata de un proyecto piloto para inculcar a los niños el trabajo en grupo, fomentar el compañerismo y el respeto por el medio ambiente». La intención de Reto Everest es trasladar la iniciativa a otros centros escolares de la ciudad con la colaboración del Ayuntamiento y otras instituciones.
Además de los materiales, la charla y la proyección del documental se organizó una gincana por la tarde, en la que a través de señales y banderolas los escolares tuvieron que orientarse como si estuvieran en la montaña para encontrar las pistas y ganar el juego.
















